Connect with us

¿Que deseas buscar?

Economía de mercado y la ética

(columnajavier)

La iglesia católica no ha ahorrado en adjetivos para criticar la eficiencia de la economía de mercado. Cuando hay un tímido reconocimiento, éste es seguido de un “sí, pero…”. Lleva 127 años sin entenderla desde la encíclica Rerum Novarum de 1891 hasta el presente. El Papa Francisco no es una excepción, aun cuando no es tan condenatorio como papas anteriores. En su última encíclica Laudato Si, vuelve a esgrimir argumentos en contra del mercado, sin apoyarse en evidencias empíricas sobre los éxitos que ha producido para la sociedad desde los siglos XVII al XXI. Recientemente, con motivo de su visita, la prensa ha destacado dos publicaciones que motivaron un foro entre sus autores, el abogado y doctorado en Alemania Axel Kaiser y el arzobispo de Concepción Monseñor Fernando Chomalí. En mi opinión, ninguno llegó al fondo del asunto y que, de haberlo hecho, habrían concluido que están de acuerdo si se considera que el problema es ético y no técnico.

 

Adam Smith fue principalmente profesor de filosofía moral en Escocia y en 1759 publicó su primera gran obra, La Teoría de los Sentimientos Morales, donde señalaba que la conducta humana está regida por la posición que cada uno tiene respecto de otro. Se genera una empatía cuando la persona se coloca en el lugar del. Se produce una positiva relación, al contrario de los que postulaba Thomas Hobbes para quien el ser humano era un ente egoísta o para David Hume quien pensaba que el hombre estaba dominado por una conducta utilitaria. El sentimiento empático a que se refiere Smith es como la voz interior que nos indica como debemos comportarnos con el prójimo si nos ponemos en el lugar de él. Actos como la solidaridad, caridad, perdón y otros tan positivos son los que nos trasmite esa voz interior.

 

Posteriormente, en 1776, publicó su libro más conocido, La Riqueza de las Naciones. Una obra que revolucionó la época y que para muchos Smith es considerado como el creador de la ciencia económica. No es de fácil lectura, pero el pasaje mas importante se encuentra al inicio (Libro I, Cap. II, pág. 14) en que señala: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde proceden nuestros alimentos, sino que es consecuencia de su preocupación por sus propios intereses”. Al igual que el comprador que manifiesta sus preferencias en el mercado buscando calidad y el menor precio incentivado por su propio interés personas. Este es el asunto medular de la discusión entre los economistas y los religiosos.

 

En efecto, lo que establece el modelo de economía de mercado es que la política óptima producto del ejercicio de la libertad de opción, mercados competitivos en que ninguno de los participantes tiene poder suficiente para determinar los precios y las cantidades. Oferta y demanda. ¿Quién diariamente determina el precio del pan en Santiago? Nadie en particular, todos en conjunto. Se cumple así la primera parte de la frase Smith: no es por benevolencia…

 

La teoría económica en su desarrollo ha permitido determinar las condiciones para que existan mercados competitivos, las regulaciones del estado para garantizarlo, sanciones y penas a los contraventores, llámense monopolista u oligopolista (un o pocos productores u oferentes) o monopsonista (un solo comprador). Cuando impera la libre competencia, los recursos de la economía se asignan de manera óptima como lo describieron los economistas de la Escuela de Lausana el siglo XIX León Walras y Vilfredo Pareto. El primero describió las posturas de ofertantes y demandantes hasta llegar a un equilibrio que perfecciona una transacción (“le totalement”), ocurre todos los días en miles de transacciones en la vega, los moll, en el mercado de valores y restantes. El segundo lo aplicó a un proceso macroeconómico de equilibrio general para toda la economía concluyendo en que no hay una mejor combinación posible. De ahí que las fallas del modelo socialista que cree sustituir al mercado en sus decisiones económicas entre cuatro paredes y una media docena de burócratas iluminados.

 

Para lograr un óptimo paretiano hay que preguntarse qué hacen los oferentes con los factores que contrata: trabajo de las personas con diferentes capacidades y competencias, capital producto del ahorro de esas personas y desarrollan o compran tecnología (patentes). Tanto más perfectos sean los mercados de factores, más cerca estaremos del máximo de eficiencia productiva. Otro tanto ocurre en el mercado donde se transan bienes y servicios por parte de los consumidores que son los dueños de los factores productivos. Esta es la circularidad del proceso económico. Alcanzado ese equilibrio se llega a una posición de optimo-optimorum y que la dinámica determina constantes modificaciones en la calidad y cantidad de los bienes ofertados más los cambios también constantes en las preferencias de esas mismas personas cuando actúan como consumidores. Eso es lo que Kaiser describe en sus escritos y señala evidencias que la historia económica ha revelado.

 

Al respecto hay una larga lista de premio nobel dedicados a la historia económica que han recopilado estadísticas objetivas, no meras opiniones subjetivas no sustentadas por la realidad. Estos estudios demuestran el vigoroso crecimiento económico que se produjo en el mundo a partir de la globalización (los descubrimientos geográficos a partir del siglo XV) y la primera revolución industrial del siglo XVIII beneficiando a todo el mundo. Unos más que a otros porque la igualdad absoluta es consecuencia de un hecho biológico inicial. Un trabajador actual goza de un bienestar infinitamente más grande que uno que vivió antes de estos sucesos. La lista de la investigaciones empíricas de los economistas no es corta. Entre los académicos más destacados en historia económica se pueden citar las obras de William Easterly (The Elusive Quest for Growth, 2002) al nobel Robert Fogel (The Escape from Hunger, 2004), Angus Madison (Contour of the World Economy, 2007), Joel Mokyr (The Enlightened Economy: Britain and the Industrial Revolution, 2009), Niall Ferguson (Civilization 2011), nobel Robert Lucas y otros con obras de gran valor investigativo que han merecido el reconocimiento de intelectuales y académicos. Desgraciadamente, al parecer, estos aportes no han merecido la atención del El Vaticano que, de otro modo, habrían redireccionado sus contenidos.

 

Monseñor Chomali replica que el óptimo-optimotum es una ilusión porque la imperfección humana impedirá que el sistema económico sea moralmente justo, se sitúa en una posición más cerca de Rousseau y de Hobbes partidarios de un Estado castrador que de muchos académicos cristianos. Un mundo crecientemente imperfecto daría por resultado una también creciente desigualdad, hehco que las evidencias encontradas por los economistas citados demuestran lo contrario y el principal escollo para mejorar la distribución de la renta proviene de las fallas del estado como garantista de la eficiencia y la promoción eficaz de sus políticas sociales. Un pensamiento deprimente que al autor no cita contribuciones al conocimiento que lo sustenten. Sostener a priori que el óptimo económico no coincidirá nunca con un “óptimo social”, es una afirmación temeraria sin base real como los demuestran los estudios. Si se lee nuevamente la frase citada de Adam Smith, cuando dice que el carnicero, cervecero y panadero buscan su propio interés, también lo hace respecto del consumidor que les compra. A final de cuentas, la totalidad del PIB se distribuye entre todos los miembros de la sociedad.

 

Las religiones predican normas morales y éticas que guían al hombre hacia la vida eterna. Es la fe a la que se refería Lutero junto con a la práctica de la solidaridad, de la caridad, la misericordia, de ahí que el qué hacer con sus ingresos es un problema ético personal. Puede gastarlo todo junto a su familia para gozar del máximo bienestar que su renta le permita sin importarle la situación de sus semejantes (Hobbes), o destinar parte de ella a la ayuda de a los menos favorecidos como lo predican las religiones. Para los creyentes, el camino hacia la salvación impulsado por la fe (cualquiera que sea la religión en la que cree) y los sentimientos morales los obliga a mirar al prójimo. Para los agnósticos, tal vez solo lo segundo. Es una decisión que le cabe a cada uno. Ser productor o consumidor es irrelevante como conducta humana respecto del destino de sus rentas.

 

De ahí que el encuentro de monseñor Chomalí con Kaiser no haya llegado al fondo del asunto: qué hace o debe hacer el hombre frente a sus semejantes.

 

Javier Fuenzalida Asmussen

Click para comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Diario El Cachapoal - Región del Libertador General Bernardo O'Higgins, Chile.
Fundado en Rancagua el 05 de Noviembre del 2003.