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Cuando el “aguante” se vuelve muerte: fútbol, masculinidad y capital simbólico

Ayer fue asesinado un jugador amateur en medio de una riña. No ocurrió en una final internacional ni en un clásico de alta convocatoria, sino en un partido de barrio, de esos que suelen presentarse como espacios de encuentro, comunidad y recreación. Sin embargo, terminó en muerte.

La pregunta no es sólo qué pasó, sino qué nos está pasando como sociedad y qué revelan estos escenarios donde el honor, el territorio y el poder se disputan con el cuerpo, como en un choque de titanes.

El fútbol ha sido históricamente un espacio de competencia por posiciones, jerarquías y reconocimiento. Como plantea Pierre Bourdieu, los campos sociales están atravesados por luchas simbólicas donde los actores buscan defender y acumular prestigio, honor y legitimidad. En el fútbol masculino —como capital encarnado del rendimiento físico históricamente validado— esa disputa adopta con frecuencia una lógica de coliseo: fuerza, resistencia y dominación como pruebas de valor.

Aunque el fútbol femenino ha conquistado espacios y tensionado estructuras tradicionales de exclusión, lo que persiste en ciertos sectores del fútbol masculino sigue evidenciando una carga simbólica particular: demostrar poder y territorialidad. Las barras bravas condensan esa dimensión. En ellas, el “aguante” funciona como capital simbólico colectivo: la disposición a confrontar se vuelve prueba de fidelidad; la defensa del territorio, un deber identitario.

Lo inquietante no es un hecho aislado, sino la recurrencia: la intolerancia inmediata, el insulto que escala sin mediación, la agresión que se legitima como respuesta natural. Y son, casi siempre, hombres quienes protagonizan estas escenas. No es casualidad. La socialización masculina tradicional ha asociado el honor a la capacidad de imponerse, de no retroceder, de responder a la provocación. En ese guión cultural, ceder puede leerse como debilidad; dialogar, como humillación. El conflicto deja de ser un problema para convertirse en una oportunidad de reafirmación identitaria.

Urge resignificar el reconocimiento en los espacios deportivos. No solo para quienes compiten, sino también para quienes observan. El deporte puede y debe ser un espacio de construcción de valores, respeto y cuidado.

Tal vez no estamos ante un problema del fútbol en sí, sino frente a una pedagogía social de la masculinidad que todavía necesita sangre para sentirse legítima. Tal vez el verdadero “aguante” consista en soportar la frustración sin transformarla en violencia. Tal vez el verdadero honor sea, precisamente, cuidar al otro.

Aida Fernández Ojeda

Académica Pedagogía en Educación Física  U. Central

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