Por Alberto Arán Yunusic.
El ex volante cruzado, repasó los detalles del histórico título. La cuarta estrella del firmamento cruzado, no sólo rompía la hegemonía deportiva del “Ballet Azul”, sino que también consolidaba la fuerza, regularidad y sacrificio del equipo dirigido por Luis Vidal.
Fue un certamen redondo. De esas campañas que inmortalizan a un plantel, cuerpo técnico y dirigencia en el corazón de los hinchas. El triunfo sobre San Felipe por 4 a 2, registrado la calurosa tarde del 4 de enero de 1967, desató la algarabía de los 9.000 seguidores que se trasladaron hasta el Valle del Aconcagua, para ser espectadores de una vuelta olímpica tan única como irrepetible.
Un equipo donde el nombre de Juan Barrales, se unía al de los legendarios Alberto Fouillioux, Ignacio Prieto, Julio Gallardo, Néstor Isella y Leopoldo Vallejos, para levantar una copa dos fechas antes de finalizar el torneo. Los 70 goles anotados durante la campaña, no sólo evidencian su poder ofensivo, sino que también el incombustible deseo de escribir una de las páginas más gloriosas para el club de la franja.
Barrales, recordó su llegada a la institución que, por aquellos días, tenía su centro de operaciones en el estadio de Independencia. “Vivía en Peñaflor y trabajaba en los calzados Bata. La empresa tenía un equipo que reclutaba a jugadores de diversos lugares del país, lo que le significó alcanzar importantes títulos nacionales. En esos tiempos, era juvenil y tenía un hermano mayor que ya formaba parte del primer equipo”.
Agregó que “por aquellos años, se daba que los equipos profesionales venían a entrenar con Bata: Palestino, Unión Española y Colo Colo. En alguna oportunidad y, ya estando en el primer equipo, viene Universidad Católica con Andrés Prieto en la banca. El plantel, era prácticamente el mismo que había salido campeón en 1961. En 1964, tras jugar contra la UC, llego a mi casa y me encuentro con tres dirigentes hablando con mi padre, quien también era hincha cruzado. Fue una gran alegría”
A su llegada, fue dirigido por Andrés Prieto y Fernando Riera. En ambos casos, ninguno pudo alcanzar el título. Sin embargo, “no fue hasta la llegada de Luis Vidal, quien era un ex futbolista formado en la institución, que logramos la cuarta estrella. Su inteligencia fue hacerse fuerte de local, con un plantel conformado mayoritariamente por jugadores jóvenes. Muy similar a lo que realizó Ignacio Prieto en la década de los 80’”.
Los clásicos y la eterna rivalidad
Los partidos ante Universidad de Chile traspasaron la barrera de lo deportivo, convirtiéndose en un espectáculo que también llevó al arte y la cultura al Estadio Nacional. Eventos que escribieron una página dorada en el fútbol chileno, con un recinto colmado en su máxima capacidad. Un espacio donde los futbolistas, eran sus mayores protagonistas.
“La rivalidad siempre fue con Universidad de Chile. Con Colo Colo, es algo que se genera en décadas posteriores. A pesar de manifestarse como “una sana competitividad”, los clásicos universitarios siempre fueron partidos calientes. Las semanas previas se vivían con gran intensidad, cualidad que también se manifestaba en las tribunas. Eran partidos que se jugaban con 80 mil personas y bajo un ambiente espectacular”, señaló Barrales.
El ex volante, no tiene dudas en destacar los liderazgos al interior del camarín, destacando que “el referente del plantel era Alberto Fouillioux. Un futbolista distinto para su época: era abogado, profesional y muy sencillo. Siempre estaba disponible para ayudar y entregar un buen consejo. Paralelamente, Néstor Isella, también ejercía su influencia. Él entraba a la cancha y se transformaba. Alguna vez, en un partido contra Colo Colo, discutió fuertemente con Juan Herrera. En esa oportunidad, el “Chita” Cruz tuvo que frenar el conflicto, ya que era de carácter fuerte, con gran personalidad”.
La mano del técnico y el valor de Universidad Católica
Para Juan Barrales, la llegada del nuevo técnico tuvo una incidencia fundamental en el título de 1966. A su juicio, “Luis Vidal, siguió al pie de la letra el trabajo que ya había iniciado Fernando Riera. Él era una persona muy humilde, había jugado en el club. Sin embargo, tampoco le tenían mucha fe y realizó una campaña espectacular. Fuimos un equipo tan sólido, que alcanzamos el campeonato dos fechas antes de finalizar el torneo. Ese torneo jugué como volante de contención. Lamentablemente, en la segunda rueda tuve un desgarro inguinal, que me imposibilitó jugar los últimos partidos”.
En cuanto a los recuerdos, “uno de mis grandes amigos del plantel, era Juan Herrera. Nos concentramos juntos, ya que ambos llegamos al mismo tiempo al club y teníamos la misma edad. Él venía de Isla de Maipo y forjamos una linda amistad”.
Sobre el valor del club en su desarrollo profesional y personal, el ex volante responde sin titubear que “Universidad Católica representa todo para mí. Me aportó educación, rodearme con personas y dirigentes que siempre mostraron preocupación por el jugador de fútbol. Era una verdadera familia, a la cual le tomé un cariño enorme. De igual modo, me permitió viajar y jugar Copa Libertadores, algo que jamás me hubiese imaginado. Para mí, todo era novedoso y me hubiese gustado haberme quedado más tiempo. Sin ir más lejos, en 1969 jugué a gran nivel el torneo continental, donde avanzamos a cuartos de final”.
Barrales, se declara un “un agradecido de Universidad Católica. Fueron 8 años donde viví cosas muy lindas. A 60 años de ese título, lo recuerdo con mucho cariño. Era un plantel que tenía como columna vertebral a Isella y Foullioux, jugaba un fútbol muy elegante y técnico a la vez. Se trabajaba mucho con balones y poco la parte física. Eran otros tiempos, se jugaba con 4 delanteros. Ahora bien, siempre me caractericé por tener gran personalidad. Fue una época muy linda, que difícilmente podré olvidar”.






















































