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La otra otredad

(columna daniela 2)

A propósito del día de la mujer y la firma de la presidenta por la creación del nuevo Ministerio de la mujer y la igualdad de género, me resulta imperioso a mí, mujer veinteañera, soltera hasta el infinito, cesante ilustrada y provinciana en un país centralizado, hablar de lo que significa ser la otredad de Simone de Beauvoir, hoy día a estas alturas en que se nos viene encima la ola inmensa de la revolución de las masculinidades, justo ahora que las féminas recién estamos entendiendo, en occidente, lo que significa ser lo que somos.

 

Por un lado, el feminismo farandulero se toma las calles de cabezas a medio rapar en contra de un patriarcado que las viene reprimiendo por siglos, pero que ellas besan en la frente cada vez que bordan, cocinan y sirven al “enemigo” al llegar a sus casas. Por otro, las mujeres “realizadas y exitosas” ocultan su verdadera identidad para no demostrarle a nadie que caminan vacías porque les falta eso que tanto hay que rechazar. Hay que rechazar el matrimonio, hay que decirle no al compromiso antes que él te cierre la puerta a ti a tus treinta. Un poco más acá vienen marchando las mujeres grupales, lunares, llenas de gracia y amor que entregarle a sus compañeros y congéneres, aunque la sociedad las mire con cara de asco porque para todo aparecen estas hippies con sus mensajes de amor sin fronteras, en un mundo en donde lo normal es la violencia.

 

Al final de esto, se asoman despacito las nuevas generaciones que no entienden nada. No entienden por qué sus madres les enseñan una cosa, y en la sala de clases ven otra. Por qué les aseguraron que los hombres no lloran, y sus amigos lagrimean más que ellas. Por qué les advirtieron tanto de los cambios que iban a sufrir, si los hombres las saturan con sus conflictos existenciales. Y así se nos va la vida por estos lados. La mujer chilena alegando, disfrutando y también sufriendo por esos derechos tan inherentes a cualquier ser humano como el salario igualitario, las jornadas laborales, el prenatal, mientras otras siguen muriendo en manos de sus amores que no pudieron verlas más vivas, y en lo que va del año, ya llegamos a los dos dígitos en femicidios.

 

La otredad significa ser la alternativa, la otra realidad, el otro ser humano, no el ser humano en sí, sino el segundo. No existe una sola raza sino dos, y en esa estamos nosotras. El otro género. La otra voz. La niña linda pero inteligente que resulta sospechosa por lo que anda hablando. La gordita simpática que tiene carácter. Todas nosotras, todas caricaturizadas por ellos y nuestras mismas compañeras de útero, porque nos enseñaron a clasificarlo todo, a ponerle nombre a lo que sirve y a lo que no. Así es que hoy día es malo ser machista y es grave ser feminista, aunque nadie entienda ninguno de los dos conceptos.

 

El machismo impone al hombre por sobre la mujer. El feminismo es pensar como mujer. Errores graves entonces, queridos, es creer que uno es el contrario del otro, tal y como leer en el diccionario que “mujer” es antónimo de “hombre”. Lo diferente no es lo opuesto y en este caso aunque rime, resulta complemento, no rival ni enemigo, ni opresor.

 

La otredad significa, sin embargo, hoy, tener voz, sí. Pero una voz aún muy pequeñita. Una voz que sirve  para calmar las aguas, para creer en un mejor futuro, pero no basta. Nada, nada basta porque primero hay que educar a nuestras pares que creen que el feminismo es odiar a los hombres, y alegan igualdad siendo diferentes. No basta porque nuestro mundo está lleno de feministas por conveniencia, hasta que llegan las cuentas a fin de mes. No basta nuestra otredad, si la mayoría de nuestros compañeros creen que estamos jugando. Que somos “tontas graves” cuando apoyamos las campañas en contra la agresión en las calles.

 

No basta nuestra otredad porque los Centro de la mujer, en las municipalidades, están repletos de programas para tejer y cocinar. Porque los programas sociales son para mujeres violentadas, tristes, porque parece que no hay nada para las felices. Estamos lejos de tener una voz inmensa, porque hasta hoy, vemos en las redes sociales hombres riéndose de este día, y mujeres vomitando una felicidad que llevan de ilusión. Y el resto aplaude. Y le dan un me gusta.

 

Ser mujer hoy día es menos complejo aquí, pero sigue siendo un castigo al otro lado del mundo. Mi voz sigue siendo tan pequeñita, que se empieza a apagar ahora con este último párrafo en donde pido por la otra otredad. Esa que no escuchamos. Esa que lleva burka y moretones por dentro. Para mí, que tengo algo de voz, todos los días es un nuevo comienzo. Para la otra otredad, mi lucha es una burla.

 

 

Daniela Alejandra Pérez Valdés

Estudios de Magister en Género y Cultura Latinoamericana

con Mención en Ciencias Sociales

Licenciada en Letras

Diplomada en Sociología

 

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