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De la integración a la inclusión educativa, una tarea aún en proceso

columna

Al analizar la Educación, se sabe de antemano que la inclusión es uno de los objetivos al cual apuntar. Es en este sentido que la Convención de los Derechos del  Niño, firmada en la Organización de las Naciones Unidas (O.N.U.) en 1956 y ratificada por el Gobierno de Chile en 1990, ya planteaba en sus principios fundamentales aspectos relacionados con la inclusión, como por ejemplo la no discriminación  de niños y niñas,  la obligación de las autoridades del país para proteger a éstos, garantizando su desarrollo pleno (físico, espiritual, moral y social) y su participación en las decisiones que les afecten.

 

Una de las actuales aristas de análisis respecto de la Educación y que se relaciona directamente con lo anterior corresponde a la formación de docentes, técnicos y profesionales asistentes de la educación, y en la preparación de calidad que éstos deben recibir en su formación de pre-grado.

 

Es usual que a la mencionada calidad, se vincule rápidamente el plano académico, en gran medida asociado al aprendizaje de contenidos curriculares específicos de cada especialidad, sin embargo, la preparación profesional y técnica no se basa sólo en dichos contenidos. Es fundamental entonces que tal formación incluya aspectos actitudinales, considerando el punto de vista emocional y  entendiendo que justamente tales emociones son un motor de cambio frente al proceso educativo. Es así como los estudiantes de pre-grado adquieren y desarrollan una actitud inclusiva frente al proceso de enseñanza-aprendizaje, permitiéndoles ver dicho proceso como una oportunidad para incluir más que una obligación por integrar a alumnos con Necesidades Educativas Especiales.

 

A partir de esto, se desprende entonces una diferencia importantísima entre los conceptos de integración e inclusión. Mientras el primero obliga al sistema educacional a permitirles el ingreso y la participación en instancias educativas, el segundo ve dicho ingreso y participación como una oportunidad para desarrollar plenamente al alumno con este tipo de necesidades, potenciando el logro de diversos aprendizajes en las distintas áreas del desarrollo.

 

Contextualmente, a nivel mundial ha existido un cambio paradigmático y  Chile no es la excepción;  este se ha generado en forma progresiva desde un modelo “médico”  a uno “psicosocial”, pasando desde una concepción estática de a una definición mucho más dinámica en la cual la dificultad asociada a una necesidad educativa se entiende y explica mediante un proceso, en el cual existen distintos actores que pueden influir  positivamente, en la medida en que trabajen colaborativamente y de manera sinérgica.

 

En relación con lo anterior el Ministerio de Educación, ha generado algunos decretos que orientan el abordaje de las Necesidades Educativas Especiales, en el contexto escolar, como por ejemplo el decreto 1300, 87 o 170, entre otros. Si bien es cierto, la mayoría de estos decretos establece el cómo se deben entregar diferentes apoyos en intervenciones de profesionales especialistas,  es innegable que los docentes y técnicos en educación formados inicialmente con calidad deben tener algunas habilidades que les permitan enfrentarse con una actitud inclusiva frente a lo que se requiere.

 

Las habilidades a las que se hacen alusión no sólo contemplan el manejo de contenidos “duros” (aludiendo directamente a los contenidos conceptuales de cada especialidad) sino más bien a las conocidas “habilidades blandas”, que en el contexto descrito, son de vital importancia ya que permiten de manera eficaz el desarrollo pleno de un alumno que con este tipo necesidades.

 

Al hablar de habilidades blandas, nos referimos a la empatía, la asertividad, la comunicación efectiva, la innovación, la creatividad, el liderazgo pedagógico, el respeto a la diversidad, el manejo de conflictos,  la tolerancia a la frustración (tan necesaria cuando los procesos educativos no logran los resultados esperados en los tiempos requeridos), el uso de la autocrítica, entre muchas más. Cualquier docente, técnico en educación o profesional asistente de la educación debe estar formado en estas llamadas competencias blandas, haciéndolas parte de una “actitud inclusiva”; dicha actitud se transforma entonces en una importante herramienta pedagógica, la que usada de manera correcta le agrega un valor y un sello de calidad al quehacer profesional.

 

Es esta actitud la que permite transitar desde la integración a la inclusión educativa, haciendo frente a una realidad clara e imparable: la diversidad existe y es nuestro deber social (para todos aquellos que somos parte del proceso educativo) hacernos cargo de manera “inclusiva” de dicha diversidad.

 

 

Pedro Lobos Yáñez

Docente Área Educación

Santo Tomás Rancagua

 

 

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