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Paz armada, una urgencia ética en tiempos de violencia

A primera vista, el título de esta columna puede parecer contradictorio: ¿es posible hablar de una “paz armada”? En un escenario internacional marcado por conflictos persistentes, tensiones geopolíticas y una violencia que parece normalizarse, la sola idea de vincular la paz con las armas resulta, cuando menos, inquietante. Sin embargo, tal vez el problema no esté en la expresión, sino en nuestra comprensión limitada de lo que significa “armarse”.

Si entendemos el arma únicamente como un instrumento para agredir o defenderse físicamente, la respuesta es evidente: no puede haber paz armada. Pero si ampliamos el horizonte, descubrimos una intuición profunda y necesaria para nuestro tiempo: la urgencia de “armarnos” no con violencia, sino con convicciones, actitudes y acciones que desactiven la lógica de la guerra.

En esta línea, el magisterio reciente del Papa León XIV ha advertido sobre el peligro de una humanidad que pretende sostener la paz mediante la acumulación de poder bélico. En uno de sus mensajes más comentados, señaló con claridad: “La llamada ‘paz armada’ no es verdadera paz, sino una tregua frágil sostenida por el miedo; mientras existan armas listas para herir, el corazón humano no estará en reposo”. Esta afirmación no solo cuestiona las estrategias políticas globales, sino que interpela también nuestra vida cotidiana.

Frente a ello, la propuesta es radicalmente distinta: armarnos de humanidad. Armarnos de palabras que construyen, de gestos que reconcilian, de decisiones que ponen en el centro la dignidad de cada persona. Se trata de una resistencia activa contra todo aquello que legitima la violencia: la indiferencia, el egoísmo, la injusticia.

Educar para la paz deja de ser entonces un ideal abstracto para convertirse en una tarea urgente y concreta. Cada aula, cada comunidad, cada espacio social puede transformarse en un lugar donde se gesten prácticas de convivencia, diálogo y respeto. Del mismo modo, alzar la voz frente a la injusticia no es un acto opcional, sino una responsabilidad ética. Decir con claridad que ninguna forma de violencia es aceptable —especialmente aquella que vulnera la dignidad humana— es también una forma de “armarse”.

Pero esta no es una invitación pasiva. No basta con desear la paz: hay que construirla. Y eso implica incomodarse, denunciar y comprometerse. Implica dejar de ser espectadores frente a los atropellos y asumir un rol activo en la transformación de la realidad. Porque cada gesto cuenta, cada palabra incide, cada acción suma o resta en la construcción de un mundo más justo. Y esto podemos ser cómplices o inocentes.

Quizás, entonces, sí necesitamos una forma de “paz armada”. Pero no una sostenida por la amenaza, sino una fundada en la decisión consciente de combatir todo aquello que deshumaniza. Armarnos, sí, pero de coraje moral, de solidaridad efectiva, de esperanza activa.

¡Armémonos!, pero no para la guerra, sino para que la paz, de una vez por todas, tenga una oportunidad real.

Christian Guzmán Verdugo.

Sub-director de Formación e Identidad

Santo Tomás.

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