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Un año más…

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Dada la recientemente pasada celebración de año nuevo, me gustaría referirme a un infaltable en esas fiestas de fin de año donde abunda el cotillón y el champagne: la cumbia. ¿Quién no ha tarareado o bailado al son de esa especie de himno llamado Un año más? Parece ser que en ese contexto se nos hace tangible la afirmación de que la música es un arte particularmente democratizador. La cumbia es un género que en Chile no discrimina por estrato social, color político, género o grupo etario. A veces, parece ser que la cumbia no discrimina ocasión tampoco. No por nada es la música preferida en cumpleaños, aniversarios, matrimonios y hasta en el 18 de Septiembre. Esto no nos debe extrañar, puesto que la cumbia es, a mi entender, el ritual colectivo del chileno del siglo XX.

 

Es sabido que cumbias hay de distintos tipos: desde la chicha peruana, pasando por la folklórica colombiana y hasta llegar a nuestra variante nacional, la cumbia chilena.  ¿Qué es lo que hace a nuestra cumbia nuestra, vale decir, qué la hace chilena? De acuerdo a Eileen Karmy en su ensayo publicado en la revista Resonancias el 2013, una importante característica de ésta es su depuración (real o aparente) de los elementos afro e indígenas que están presentes en las formas desarrolladas en Colombia o en Perú, por ejemplo. Al eliminar lo carnavalesco, la cumbia se limpia y se hace más sencilla. Esta simplificación es la característica más propia de la cumbia chilena, está presente en su ámbito musical, interpretativo y en la forma de bailarla. Aquí aparece otro rasgo democrático de nuestra cumbia, su sencillez para danzarla, ya que tiene ritmos simples, no se coreografía y se puede bailar solo, en pareja o en grupo. ¿Cuál será el motivo tras esta sencillez? De acuerdo a la autora, parece tener relación con un carácter anti carnavalesco, de corporalidad castrada y la esencia poco bailarina del pueblo chileno.

 

Esa esencia opuesta a la danza del chileno puede provenir de nuestros inicios como Estado-Nación en el cual se intentó buscar una identidad propia alejada de lo peninsular y de lo indígena. Creo que esto marcó el fin del rito colectivo presente en ambas tradiciones, que siempre iba acompañado de música y de movimiento. Nuestras danzas rituales se perdieron, y así también nuestra conciencia corporal y ansias por bailar en público, nos volvimos tiesos. Esa rigidez que parecemos tener internalizada es la que se pierde cuando comienza a sonar Un año más. La cumbia es para nosotros un momento de libertad, de olvido de nuestras diferencias (baila el jefe y el empleado, el padre y los hijos) y de sana relación con el cuerpo y con la celebración. Nadie se fija en si bailas bien o mal, pues no existe un código. Esto sólo lo podía lograr un género democratizador, ya que, después de todo, sólo hay carnaval con el colectivo completo. Retomó la idea ritual de que la expresión y comunión social se pueden mostrar con la corporalidad (como se puede ver, por ejemplo, en los ritos de iniciación Selk’nam). Significó una vuelta a lo autóctono, quizás incluso a lo mítico y al nguillatún; una vuelta a las raíces y a todas nuestras características mestizas, que parecíamos haber enterrado y que se pueden manifestar a través de la danza.

 

Fuente: Karmy, E. (2013) “Tiesos pero cumbiancheros”. Revista Resonancias.

 

 

 

Macarena Robledo Thompson

Estudiante de Licenciatura en Artes y Humanidades en Historia de la música y estudiante de Licenciatura en Música con mención en Musicología.

Pontificia Universidad Católica de Chile

 

 

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